Sí me pidieran recordar las situaciones de violencia que he vivido a lo largo de mi vida, me doy cuenta que se han dado desde que tengo uso de memoria. Crecí desde muy pequeña siendo una niña convertida en mujer, a mis seis años ya sabía cocinar, lavar y trabajar en la agricultura. No crecí con mis papás ni mis hermanos, por el contrario una familia externa se encargó de mi cuidado y crianza, pero dure más o menos 15 años “engañada” creyendo que realmente lo eran.

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Al enterarme que no era mi familia, entendí el porqué de todo lo que vivía, la razón de tanto maltrato, y claro era la
“recogida”, la que no pertenecía a ellos, el cero a la izquierda. Nunca me voy a olvidar una vez que rayé la pared con un marcador, la manera de reprenderme fue rayándome toda la espalda y las piernas con marcador permanente y luego darme con un rejo de cuero por todo el cuerpo. Eso hizo que fuera la primera y última vez que rayara algo.

Pero ese no fue el único castigo terrible que tuve, en otra oportunidad me colgaron los pies de una viga, mientras me
daban rejo como si yo fuera una piñata, otra vez me tuvieron medio día pegada a una cuerda generando una gran marca en el brazo. Fueron muchos más golpes, malos tratos, gritos, situaciones que me hacían sentir mal; todo tenía que callarlo, a nadie le podía contar, actuaba como si no pasara nada por miedo a peores maltratos o a que quien sabe que me pasara. Pero lo único que yo les pedía era un poquito de amor.

Después de vivir todo eso, cuando me faltaban dos meses para cumplir mis 18 años me fui de nuevo y para siempre de ese lugar que tanto daño me había hecho, que tanto dolor había causado en mí, creyendo que me iría mejor en los nuevos caminos a recorrer y momentos a vivir. Sin embargo, no fue fácil, tuve que trabajar como interna en casa de familia, como vendedora ambulante, lavando carros, en labores del campo, en tantas cosas para poder salir adelante.


Creí conocer el amor, me dejé cautivar y engañar por la apariencia de un sujeto trabajador, noble, romántico, detallista pero detrás de ese personaje tan maravilloso se escondía alguien diferente. Alguien que no me llegué a
imaginar, era una bestia vestido de cordero.

Después de la etapa romántica vino lo difícil, cambió mi forma de vestir, mi forma de pensar y de ver el mundo, ya no permitía que me maquillara, ya no me dejaba hablar ni opinar con personas que no le parecían a él. Además, trabajé a su lado como una “bestia” y nunca vi ninguna ganancia, todo el dinero lo cogía y se lo tomaba sin importar si mis hijas y yo teníamos con qué comer, beber algo o con qué vestirnos.

Estuve tantas veces a punto de la muerte. Por el miedo que le tenía, dormí muchas noches en un cafetal acompañada de un puñal para mi defensa, además me golpeo tantas veces la cabeza que no sé cómo no tengo consecuencias peores. Sufrir tanto como lo tuve que vivir al lado de él, ver como mis dos hijas se encontraban afectadas y sentir temor por no volver a ver la luz del día ni ver a mis pequeñas, me ayudó a que después de mucho tiempo tomara la mejor decisión que he podido tomar en mi vida. Por primera vez, tomé el valor de huir y tras pasar tres noches en el monte a la espera de que fuera lunes para pedir ayuda y poder hablar, lo logré, por medio de un programa FAMI al que acudía, se activó todo con la Comisaría de Familia para poder finalmente ingresar a un lugar al que no pensé llegar nunca.

Al cual, al inicio se me hizo difícil adaptarme, ese fue la Casa de Acogida. A la Casa de Acogida le agradezco todo porque allí tuve un proceso donde se me dio la oportunidad de aprender, de conocer a mis hijas, de conocerme a mí misma; me supieron escuchar, apoyar y sobre todo llenar cada espacio de amor, autoestima y muchas cosas buenas que faltaban en mí. Todo esto, me ayudó para saber desde un principio que YA NO ERA UNA VÍCTIMA SINO UNA SOBREVIVIENTE y que podía seguir adelante como ahora lo haré.

Relato mujer beneficiaria Casa de acogida. Redacción y
guía Trabajadora Social